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Con dolor y esperanza cristiana, despedimos a los PP. Mariano Iturria Jiménez († 6-8-2020) y Cándido del Val Hernández († 7-8-2020), M.SS.CC. A continuación, compartimos 2 artículos escritos por el P. Josep Amengual en recuerdo de nuestros hermanos misioneros.

 

EN RECUERDO DE MARIANO


E l pasado 6 de agosto pasó a la casa del Padre a la edad de 77 años en la Comunidad “Casa de Formación de Yaoundé” en Camerún.

Desde setiembre de 1958 conocía al P. Mariano Iturria. Por entonces, acompañado por mi padre, Sebastià, y con el P. Damià Socías, viajé a Artajona, para el año de servicio como “maestrillo”, denominación que se tomaba prestada de los jesuitas, en el “Seminario Misional”. Al parecer el P. Mateu Mesquida había pedido al P. Munar, Superior General, que los EE. Socías y Amengual fueran destinados allí. Así lo entendí al P. José F. Núñez.

Mi padre, Sebastià, desde 1940 tenía en Artajona a su hermano mayor, P. Guillem Amengual Mayrata. Ya que entonces visitar a los padres y hermanos era raro, mi padre aprovechó la ocasión para estar unos días con su hermano.

Después regresó vía Madrid, donde tenía a su otro hermano, teatino, P. Bartomeu Amengual. Allí conoció los inicios del “Colegio Obispo Perelló”. Los viajes fueron en la “Transmediterránea” en el trayecto de Palma a Barcelona. Bien acogidos en la comunidad del Coll, pudimos visitar Montserrat. Y llegó el día para tomar el tren hasta Pamplona. Iba a escribir hasta la eternidad, por la lentitud del ferrocarril. Mi padre viajó por única vez en su vida en avión, de Madrid a Mallorca, porque la visita que hizo con mi madre, a Roma, fue en barco y tren.

Mariano Iturria en 1958 empezaba el V Curso de Humanidades. Entre otros, tenía como compañero al P. José Joaquín Domezain. Creo recordar que ambos eran aprovechados alumnos de latín, materia que impartía el P. Amengual, creo que con mucha competencia. Hasta aprendían métrica y componían algunos versos. En Lluc no llegábamos a eso.

Con el V curso aprobado, los que lo habían pedido y habían sido admitidos, pasaban al noviciado de La Real. Entre otros, Iturria y Domezain, en setiembre de 1959 se encaminaron a la casa en la cual el P. Joaquim Rosselló entregó su espíritu al Padre en 1909.

Al P. Damià Socías y a mí nos tocaba ir a Lluc para empezar la teología. Pero el Superior General no mandó “sobre azul”, y tuvimos que reenganchar para un segundo año de maestrillo, previos ejercicios espirituales en el santuario de La Gleva (Barcelona), donde, creo, vimos televisión por primera vez. El viaje de ida, de Tafalla a Barcelona, lo hicimos de pie en el pasillo del tren. Puede ser que el P. Miquel Arrom, que nos acompañaba, tuviera asiento.

En setiembre de 1960 los dos neoprofesos navarros fueron a Lluc, una vez que profesaron, y los dos que regresábamos de Artajona, hicimos lo mismo, pero pasando por La Granja (Segovia), donde practicamos las Ejercitaciones para un Mundo Mejor, que ha sido uno de los momentos mejores de mi vida. En Madrid y luego en Valencia conocimos nuevas comunidades y nos acercamos a hermanos mayores, que nos alentaron en la vocación misionera.

 

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LO QUE NADIE CONSIGUIÓ: “P. CÁNDIDO, NO HABLE. CÁLLESE”


A sí, con venerable respeto, le recomendaba a menudo el amigo Carlos J. Núñez a su antiguo profesor de deportes, en el «Colegio del Sdo. Corazón» de Sagua la Grande, de Cuba, cuando por fin el P. Cándido Alejandro del Val Hernández visitó la Isla, por los años 1995 o más.

En el colegio, que la Congregación recibió de los jesuitas en 1957, desarrolló el E. Cándido, con los EE. Juan Gea y José A. Macaya (†1996), los tres años de “maestrillo”. Cándido, entre otras tareas era director de deportes.

Como indiqué no hace mucho, al recordar al P. Mariano Iturria, se introdujo este año intercalado entre los tres cursos de filosofía y los cuatro de teología, creo que por imitación de la práctica de la Compañía de Jesús.

Bajo la guía del P. Gaspar Munar, que ya antes de su elección para Superior General, en 1939, había impulsado, a costa de muchísimos sacrificios, la pastoral vocacional, y se había fundado la Escuela Apostólica de Artajona, sumada a la del Santuari de Lluc. Antes de morir, en 1955, el P. Joan Perelló, obispo de Vic (Cataluña), ofreció el Santuari de la Mare de Déu de la Gleva, donde también se estableció una Escuela Apostólica. Uno de sus frutos vocacionales fue el P. Manuel Soler i Palà. Creyentes amigos, buenos profesionales, todavía quedan bastantes, lo cual nos da gozo.

Por los años 1950 la Congregación, proporcionalmente, por una parte tenía un alto número de jóvenes profesos y, por otro lado, se alzaba un reto fuerte en los colegios que se abrían: COP de Madrid, Sant Pere Pasqual en Valencia, y las tres escuelas apostólicas: Lluc, Artajona, La Gleva. Es evidente, faltaban profesores religiosos, según el estilo de entonces. Además, en 1957 se aceptó el colegio mencionado de Sagua. Todos eran de una misma Congregación.

El P. Munar tuvo una solución a mano: cada año empezó a extraer de la Schola Christi de Lluc aquellos Escolares que acababan los tres años de Filosofía, para que durante un año sirvieran a la Congregación con un ministerio directo. Para equilibrar la oferta y demanda, a veces algunos se incorporaron a los colegios, después de cursar el primer año de teología. La Schola Christi, o Escuela de Cristo, era la institución en la cual se formaban los profesos durante los siete años siguientes al noviciado. A los profesos se les decía Hermanos Escolares, o Escolares simplemente, abreviado su apelativo con una E. No se hablaba de seminario ni de seminaristas.

Evidentemente, cuando se trató de enviarlos a Cuba, en tiempos en que el avión era un sueño, y el viaje en barco excedía los 20 días y, sobre todo, las pesetas no abundaban, se pensó que el privilegio de ser destinados allá implicaba un servicio de tres años. Y así se hizo, la primera vez. A los que fueron en 1960, cuidó el dictador Fidel Castro de que antes de acabar el año estuvieran de vuelta. Eso fue en 1961.

Bien, por el año 1995 más o menos, el P. Cándido fue a visitar a los antiguos alumnos, de Sagua la Grande, acogido y hospedado por Carlos J. Núñez, ingeniero de Ferrocarriles. Como tuve ocasión de hacer esta visita en el año 1999 y 2001, pocas veces uno se ha sentido mejor acogido. Fíjense en lo que apreciaría el P. Cándido. Entre las experiencias de aquellos días hay que contar con la visita a Santiago de Cuba, hecha en ferrocarril, a la otra punta de esta Isla de 1000km.

Por motivos de seguridad, para poder realizar el programa previsto, para no entorpecer los servicios pastorales muy complicados por el castrismo, se le advertía asiduamente al P. Cándido que no hablara, para que su acento maño no delatara ni su origen, ni su condición misionera.

En un momento dado, Carlos tuvo que ausentarse del vagón, previo recordatorio al P. Cándido de que observara silencio. Pues bien, Carlos regresó y encontró el vagón con viajeros de pie, entorno al misionero español que peroraba. La escena se repitió en visitas a monumentos. Cándido no ha callado nunca. Hasta poco antes de morir andaba propalando sus ocurrencias en torno al coronavirus, que creía que se le había contagiado.

Conocí a Cándido cuando vino a Lluc, para acabar humanidades. El Preceptor era el bueno e ingenuo P. Mateu Mesquida. Eran los tiempos en que la Escolanía/Escuela Apostólica tenía régimen cuasi monástico. El silencio era lo ordinario, excepto en los recreos. Las filas para ir de una ocupación a otra, eran obligatorias en los largos trayectos del interior del Santuario, y los comentarios de Cándido por leves que fueran, cargaban de nervios al Preceptor. Otros amigos míos son testigos y comparsa de tales refunfuños. Cosa de adolescentes.



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